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Humberto López: ejemplo de compromiso

  • Foto del escritor: Fernando Javier Erique Aguirre
    Fernando Javier Erique Aguirre
  • 3 feb 2021
  • 4 Min. de lectura

Con 33 años de edad y sin ningún familiar cerca, Humberto vende helados junto a Lazy. Asegura que no puede abandonar a su fiel compañera porque ella también tiene sentimientos.


Con una sociedad en pandemia y con las necesidades de la misma sobre la mesa, vivimos en el ajetreo del estudio, el trabajo y el hogar. A veces, cuesta un poco entender que hay quienes son prioritarios para la labor social. Que el ecuatoriano es alegre y busca mostrar la mejor cara al mundo, es verdad. Que somos solidarios con los nuestros, es verdad. Aprendimos a luchar luego de los múltiples problemas económicos, políticos y los desastres naturales.


Quizá por esto, hemos podido abrazar a los países hermanos en sus casos más difíciles, sobre todo a quienes se ganan la vida de forma honrada dentro del territorio ecuatoriano. Uno de estos casos es el de Humberto López, un joven peruano que recorre la ciudad de Loja junto a su mascota, Lazy. Su historia es muestra del compromiso que requiere la adopción de una mascota.


Lo veo desde lejos, pasa por la calle Bernardo Valdiviezo, en intersección con la Azuay. Conduce su carrito de helados, en él hay algunos periódicos y en el asiento donde debería ir él para conducir, ahí se encuentra su fiel compañera, una perrita de nombre Lazy. Continúo desde lejos y con su curiosidad, acompaño su camino. Se acercan a comprarle, Humberto atiende con alegría, como es la verdadera atención al cliente.


Sigue su ruta por el parque central, toma un descanso en uno de los asientos de la plaza. Su mascota baja del cajón que está adecuado en el asiento del carrito, se acerca a los pies de Humberto y descansa en su sombra. Las personas que pasan por el sitio, no se percatan de la necesidad de apoyo que tiene Humberto. Pocos son los que ven su amor a su mascota o el hambre y la sed de ambos. Me acerco a él, le pregunto si desea algo y empezamos a conversar. Si bien, es una sensación agradable el escuchar a quien tiene mucho que decir, también es doloroso saber que, en este caso, Humberto y su mascota viven en la calle, se cubren con periódicos y cartones o únicamente con el manto de la noche.


Lo acompaño a comer y me ofrezco para compartir su ruta. Compra un consomé en un restaurante cercano y pide unas papas fritas. Cualquiera considera esto como una golosina, poco nutritivo para un almuerzo; pero en este caso se convierte en perfecto por su sabor y, sobre todo, por su bajo costo. Pido lo mismo y comemos juntos. Si bien está hambriento, piensa primero en Lazy, a ella le da un poco de sopa y algo de pollo. Saca de su mochila una bolsita con comida para su mascota y un recipiente para poner el agua. Yo no puedo comer, siento que debo ser solidario así que prefiero darle un poco a él para que coma bien.


A Lazy la adoptó hace menos de dos años en Cuenca, desde entonces no conseguía un lugar de arriendo, dice que no siempre quieren aceptar a alguien con mascotas. Me atrevo a decirle si ha pensado en abandonar a su mascota o regalarla, pero me ve como si le faltase el respeto y se ríe a modo de disculpa, me contesta: “Ella es lo único que tengo ahora, si la abandono también me abandonaría a mí mismo. Los animales también sienten”. Un dolor profundo toca mi pecho al escuchar la respuesta, admito mi error y le digo que admiro su corazón de bondad.


Agradece el apoyo de una fundación animalista y de personas que encontró en el camino, dice que ahora ya consiguió un sitio para vivir y que tiene esperanza en encontrar otro trabajo que le permita pagar el arriendo con puntualidad. En Perú trabaja en albañilería y soldadura, aquí debe hacer lo se pueda. Su madre y sus hermanos viven en Lima, Perú; con ellos se comunica poco, no tiene dinero como para llamarlos seguido y dice que tampoco quiere darles preocupaciones. Puedo notar la incomodidad de mi pregunta, así que cambio el tema.


Seguimos por la calle, pocos le compran un helado y todavía menos compran periódicos. Asegura que si no hubiese pandemia estaría haciéndose millonario fuera de las escuelas y colegios, y se ríe a carcajadas, me río con él y veo que ya hablamos como grandes amigos. Empiezo a pensar que mientras realizaba mis tareas de la universidad y me cansaba de ello, Humberto vendía helados con alegría y, al mismo tiempo, no tenía dónde vivir junto a su mascota. Me cuenta que esperaba trabajar en algo más rentable. Su mirada se torna triste.


Está acercándose la tarde, empezamos a recorrer la calle 24 de Mayo. Me comenta que tuvo sus momentos de fama en los medios de la localidad y se ríe incrédulo, todavía, de ser alguien que merece un espacio en los medios. Le digo que justo por eso lo conozco y me llamó la atención su vida. Ahora descansamos, él nota que no soy tan resistente a las caminatas, así que me invita un helado y nos sentamos en la vereda. Estamos viendo que la ciclovía es perfecta para que él recorra con seguridad. De repente, observo a Humberto compartiendo su helado con Lazy y no puedo hacer otra cosa que sonreír.


Finalmente debo despedirme. Le aseguro que, siempre que pueda, difundiré su historia para que lo conozcan y la ayuda no le falte. Por otro lado, él da palmas en mi hombro y me agradece por la compañía. Le pago el helado y luego lo observo mientras se va haciendo sonar las campanillas del carro. A unas cuadras, una familia detiene su rumbo para comprar algunos helados, luego de la desinfección respectiva por el Covid, suben a su auto para saborearlos.


Pienso que no siempre vemos la vida como Humberto o muchas personas que viven en estas condiciones de pobreza. En verdad, a veces nos falta optimismo. Sus palabras para defender a su mascota me devuelven la fe en la humanidad. Su caso requiere de apoyo constante, ahora que conoce esta historia, está en sus manos ayudarlo. Puede comunicarse al 0963642371.

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